molestaba; * y además parecía no poder soportar que el escudo se ajetreara y golpeara, ora contra mi pecho, ora contra mi espalda; * y si pasaba al paso, mis coyunturas crujían y chillaban de esa manera fastidiosa en que lo hace una carretilla, y como a ese tranco no producíamos ninguna brisa, estaba a punto de asarme en esa estufa; * y además, cuanto más despacio ibas, más pesadamente se te venía encima el hierro y más toneladas parecías pesar a cada minuto. Y tenías que estar cambiando de mano a cada rato, y pasando la lanza al otro pie, pues se volvía tan fastidioso que una sola mano la
Pues, ya sabes, cuando sudas de esa manera, a ríos, llega un momento en que tú—en que tú—bueno, en que te da comezón. Estás tú dentro, tus manos están fuera; así que ahí estás; no hay más que hierro de por medio. No es cosa ligera, por mucho que así suene. Primero es en un lugar; luego en otro; luego en algunos más; y sigue extendiéndose y extendiéndose, y al final el territorio está ocupado por completo, y nadie puede imaginarse cómo te sientes, ni lo desagradable que es. Y cuando llegó a lo peor, y me pareció que no podía soportar nada más, se metió una mosca por los barrotes y se posó en mi nariz, y los barrotes se habían atascado y no funcionaban, y no podía levantar la visera; y solo podía mover la cabeza, que a estas alturas estaba que ardía, y la mosca—bueno, ya sabes cómo actúa una mosca cuando tiene algo seguro—solo hizo caso del movimiento lo justo para cambiarse de la nariz al labio, y del labio a la oreja, y zumbar y zumbar por ahí dentro, y seguir posándose y picando, de un modo que una persona, ya de por sí tan angustiada como yo, simplemente no podía soportar. Así que cedí, y le pedí a Alisande que me desarmara el yelmo y me aliviara de él. Luego vació las comodidades que tenía dentro y fue a llenarlo de agua, y bebí y luego me puse de pie, y ella vació el resto por dentro de la armadura. Uno no puede imaginarse lo refrescante que fue. Siguió trayendo y vaciando hasta que quedé bien empapado y sumamente cómodo.