trabajo y muy valioso. Y era tan gallardo a la vista, con sus amplios hombros revestidos de cota de malla, el porte noble y leonino de su cabeza emplumada, y su gran escudo con el pintoresco emblema de una mano con guantelete que aferraba un cepillo de dientes profiláctico, con el lema: «Prueba Noyoudont». Se trataba de un dentífrico que yo estaba introduciendo.
Estaba fatigado, dijo, y a la verdad lo parecía; pero no quiso apearse. Dijo que andaba tras el vendedor de betún para estufas; y con esto prorrumpió en maldiciones y juramentos de nuevo.
El hombre del boletín a quien se aludía era sir Ossaise de Surluse, un bravo caballero de considerable renombre debido a que en cierta ocasión se habíase medido en un torneo con nada menos que un magnate de la talla de sir Gaheris en persona—aunque sin éxito. Era de complexión alegre y risueña, y para él nada en este mundo era serio.
Fue por esta razón que lo había elegido para desarrollar un sentimiento en torno al betún para estufas. Aún no había estufas, de modo que no podía haber nada serio en el betún para estufas. Todo lo que el agente necesitaba hacer era preparar al público hábilmente y de manera gradual para el gran cambio, y arraigar en él una predisposición hacia la pulcritud para cuando llegara el momento en que la estufa hiciera su aparición en escena.
Sir Madok estaba muy amargado y prorrumpió de nuevo en maldiciones. Dijo que había maldicho su alma hasta dejarla en harapos; y aun así no quería bajarse del caballo, ni tomar reposo alguno, ni escuchar ningún consuelo, hasta haber encontrado a Sir Ossaise y ajustar cuentas. Por lo que pude reconstruir de los fragmentos no profanos de su declaración, parecía que se había topado con Sir Ossaise al alba y le habían dicho que, si tomaba un atajo a través de los campos, pantanos,