la casa.
Yo ya esperaba que él saliera con eso. Por un momento el hombre y su mujer mostraron un ávido interés por esta noticia y la impaciencia por salir a divulgarla; luego, algo repentino y distinto se delató en sus rostros, y empezaron a hacer preguntas.
Respondí yo mismo a las preguntas y observé de cerca los efectos producidos. Pronto me convencí de que saber quiénes eran esos tres prisioneros había alterado de algún modo el ambiente; de que el continuo afán de nuestros anfitriones por ir a difundir la noticia era ahora fingido y ya no real.
El rey no advirtió el cambio, y me alegré de ello. Desvié la conversación hacia otros detalles de los acontecimientos de la noche, y noté que esta gente se sentía aliviada de que tomara ese rumbo.