Vi que era una buena ama de llaves, pues mientras hablaba no perdía de vista a los sirvientes para asegurarse de que no cometieran torpezas al manipular el cadáver y sacarlo; cuando trajeron toallas limpias y frescas, los mandó a buscar las de otro tipo; y cuando terminaron de fregar el suelo y se iban, les señaló una mancha carmesí del tamaño de una lágrima que sus ojos, menos agudos, habían pasado por alto.
Para mí era evidente que La Cote Male Taile no había sabido ver a la señora de la casa. A menudo, ¡con cuánta más fuerza y claridad que cualquier lengua habla la muda prueba circunstancial!
Morgan le Fay se deslizó tan musicalmente como siempre. Mujer maravillosa. Y qué mirada tenía: cuando caía en forma de reprensión sobre aquellos sirvientes, estos se encogían y acobardaban como lo hace la gente tímida cuando el relámpago brota de una nube. Yo mismo podría haber adquirido el hábito. Lo mismo le ocurría al pobre viejo de Brer Uriens; siempre estaba al borde mismo del pánico; bastaba con que ella se volviera hacia él para que él se encogiera.
En medio de la charla se me escapó una palabra de elogio hacia el rey Arturo, olvidando por un momento cuánto odiaba esta mujer a su hermano. Ese único y pequeño cumplido fue suficiente. Se ensombreció como una tormenta; mandó llamar a sus guardias y dijo:
«Llevadme a estos bribones a las mazmorras».
Eso me heló la sangre, pues sus mazmorras tenían fama. No se me ocurrió nada que decir—ni que hacer. Pero no fue así con Sandy. En cuanto el guardia me puso una mano encima, ella intervino con la más absoluta tranquilidad y dijo:
«¡Válgame Dios, codicias la destrucción, maníaco de los cojones? ¡Es el Jefazo!».