Y así me atreví a hacer una vez más una pregunta que había hecho años atrás y de la que había obtenido una respuesta tan tajante que no había creído prudente meterme en el asunto nunca más. > ¿Aboliría la
Su respuesta fue tan cortante como antes, pero esta vez era música; no desearía jamás oír otra más placentera, aunque la blasfemia no era buena, estando torpemente armada, y con la palabra de impacto casi en el medio en vez del final, donde, por supuesto, debía haber estado.
Estaba listo y dispuesto a ser libre ahora; no había querido ser libre antes. No, no puedo decir eso exactamente. Había querido serlo, pero no había estado dispuesto a correr riesgos desesperados, y siempre se los había desaconsejado al rey.
Pero ahora—¡ah, era un nuevo ambiente! La libertad valdría cualquier precio que se le pudiera poner ahora.
Ideé un plan y de inmediato me sentí fascinado por él. Requeriría tiempo, sí, y paciencia también, una gran cantidad de ambas. Uno podría inventar maneras más rápidas y tan seguras como esta; pero ninguna que fuera tan pintoresca como esta; ninguna que pudiera hacerse tan dramática. Y por eso no iba a renunciar a ella. Podría retrasarnos meses, pero no importaba, la llevaría a cabo o rompería algo.
De vez en cuando teníamos una aventura. Una noche nos sorprendió una tormenta de nieve cuando aún estábamos a una milla del pueblo al que nos dirigíamos. Casi al instante quedamos encerrados como en una niebla, de tan espesa que era la nieve impulsada por el viento. No se veía nada y pronto nos perdimos. El mayoral nos azotaba desesperadamente, pues veía la ruina ante sí, pero sus latigazos solo empeoraron las cosas, ya que nos apartaron aún