Al final de un mes envié el barco de regreso por provisiones frescas y por noticias. Esperábamos que volviera en tres o cuatro días. Me traería, junto con otras noticias, el resultado de cierto experimento que había puesto en marcha.
Era un proyecto mío reemplazar el torneo con algo que pudiera servir de válvula de escape para el vapor acumulado de la caballería, mantener a esos mozallones entretenidos y alejados de travesuras, y al mismo tiempo preservar lo mejor que había en ellos, que era su férreo espíritu de emulación.
Había tenido a un grupo selecto de ellos en entrenamiento privado durante algún tiempo, y ahora se acercaba la fecha de su primera presentación pública.
Este experimento fue el béisbol. Para darle aceptación al invento desde el principio, y situarlo fuera del alcance de la crítica, elegí a mis nueves por rango, no por capacidad.
No había un solo caballero en ninguno de los dos equipos que no fuera un soberano cetrígero. En cuanto a material de esta clase, siempre había un exceso por los alrededores de Arturo. No se podía arrojar un ladrillo en ninguna dirección sin lisiar a un rey.
Por supuesto, no pude lograr que esta gente se quitara la armadura; no querían hacerlo ni cuando se bañaban. Consintieron en diferenciar las armaduras para que uno pudiera distinguir a un equipo del otro, pero eso fue lo máximo que concedieron. Así pues, uno de los equipos llevaba gabardinas de cota de malla, y el otro vestía armadura de placas hecha con mi nuevo acero Bessemer. Sus prácticas en el campo eran la cosa más fantástica que jamás haya visto. Como eran a prueba de balas, jamás se apartaban del camino, sino que se quedaban quietos y recibían el impacto; cuando un Bessemer estaba al