prevalecer contra las barreras de granito de Inglaterra. Sed prudentes. Os ofrecemos la vida; por el bien de vuestras familias, no rechacéis el don. Os ofrecemos esta oportunidad, y es la última: deponed las armas; rendíos sin condiciones a la República y todo será
Se lo leí a Clarence y le dije que proponía enviarlo bajo bandera de tregua. Él soltó esa risa sarcástica con la que había nacido y dijo:
“De algún modo parece imposible que llegues a comprender jamás del todo cuáles son estas noblezas.
Ahora ahorrémonos un poco de tiempo y problemas. Considérame el comandante de los caballeros de allí. Pues bien, tú eres la bandera de tregua; acércate y entrégame tu mensaje, y yo te daré mi respuesta”.
Acepté la idea por seguirles la corriente. Me adelanté bajo una guardia imaginaria de soldados enemigos, saqué mi escrito y lo leí de cabo a rabo. Como respuesta, Clarence me tiró el papel de las manos, curvó los labios en un gesto de desprecio y dijo con altanera soberbia:
“¡Desmiérbeme este animal, y devuélvelo en una cesta al bellaco plebeyo que lo envió; otra respuesta no tengo!”
¡Cuán vacía es la teoría en presencia de los hechos! Y esto era simplemente un hecho, nada más. Era lo que habría sucedido, no había cómo evitarlo. Rompió el papel y concedí a mis desubicados sentimentalismos un descanso definitivo.
Luego, a lo nuestro. Probé las señales eléctricas desde la plataforma de la ametralladora gatling hasta la cueva, y me aseguré de que funcionaran bien; probé y volví a probar las que controlaban las cercas: eran señales mediante las cuales podía interrumpir y restablecer la corriente eléctrica en cada cerca de manera independiente de las demás a voluntad.