—Pues entonces, ¿por qué diablos no confesó?
“¡Ah, dulce señor, y dejar a mi esposa y a mi polluela sin pan ni refugio?”
«¡Oh, corazón de oro, ahora lo veo! La amarga ley confisca los bienes del condenado y deja en la miseria a su viuda y a sus huérfanos. Podrían haberle torturado hasta la muerte, pero sin condena ni confesión no habrían podido robarle a su esposa y a su criatura. Usted lo defendió como un hombre; y usted —verdadera esposa y la mujer que es— le habría comprado la libertad a cambio de someterse usted misma a una lenta inanición y a la muerte... bueno, a uno lo humilla pensar en lo que su sexo es capaz de hacer cuando se trata de abnegación. Los anotaré a ambos para mi colonia; les gustará estar allí; es una fábrica donde voy a convertir autómatas ciegos y rastreros en hombres».