plantada por una fuerza mucho mayor, sí, y protegerla noche y día de palomas y animales merodeadores que son sagrados y a los que los de nuestra clase no debemos hacer daño. Cuando la cosecha de mi señor estaba casi lista para la siega, la nuestra también; cuando su campana nos llamaba a sus campos para recoger su cosecha a cambio de nada, no quería consentir que yo y mis dos muchachas contáramos por nuestros tres hijos cautivos, sino solo por dos de ellos; de modo que, por el que faltaba, éramos multados a diario. Todo este tiempo nuestra propia cosecha se iba a la ruina por falta de cuidado; y así tanto el cura como su señor nos multaban porque sus partes de ella sufrían por los daños. Al final las multas se comieron nuestra cosecha; y se la llevaron toda; se la llevaron toda y nos hicieron cosecharla para ellos, sin paga ni comida, y nosotros hambrientos. Luego vino lo peor cuando yo, fuera de mí por el hambre y la pérdida de mis muchachos, y el dolor de ver a mi esposo y a mis pequeñas en harapos y en la miseria y la desesperación, pronuncie una profunda blasfemia —¡oh!, ¡mil de ellas!— contra la Iglesia y las costumbres de la Iglesia. Fue hace diez días. Yo había enfermado con este mal, y fue al cura a quien le dije las palabras, pues había venido a reñirme por la falta de debida humildad bajo la mano castigadora de Dios. Él llevó mi transgresión ante sus superiores; yo fui obstinada; por lo cual, poco después sobre mi cabeza y sobre todas las cabezas que me eran queridas, cayó la maldición de Roma».
“Desde aquel día somos evitados, rehuídos con horror. Nadie se ha acercado a esta choza para saber si vivimos o no. A los demás se los llevaron abajo. Entonces saqué fuerzas de flaqueza y me levanté, como lo hace una esposa y madre. Poco habrían podido comer de todos modos; era menos que poco lo que tenían para comer. Pero había agua, y se la di. ¡Cómo la ansiaban! ¡Y cómo la bendecían! Pero el fin llegó ayer; mis fuerzas flaquearon. Ayer fue la última vez que vi con vida a mi esposo y a este hijo menor. He estado tendida aquí todas estas horas—estas eras, podéis decir—, escuchando, escuchando cualquier ruido allá arriba que—”