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nydus/A Connecticut Yankee in King Arthur’s CourtPublic
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XVII. Un banquete real

turba; volcando sillas, rompiendo vajilla, tirando, forcejeando, empujando con los hombros, agolpándose—cualquier cosa con tal de salir antes de que yo cambiara de opinión y convirtiera el castillo en polvo soplándolo hacia los inconmensurables y oscuros vacíos del espacio. Bien, bien, bien, eran un atajo de supersticiosos. Es todo lo que uno puede hacer para llegar a concebirlo.

La pobre reina estaba tan asustada y humillada que incluso temía ahorcar al compositor sin consultarme antes. Me dio mucha lástima; de verdad, le habría dado a cualquiera, porque estaba sufriendo de verdad; así que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que fuera razonable, y no tenía ningún deseo de llevar las cosas a extremos caprichosos. Por lo tanto, medité el asunto detenidamente y terminé ordenando que trajeran a los músicos a nuestra presencia para que tocaran otra vez ese Sweet Bye and Bye, lo cual hicieron. Entonces vi que ella tenía razón y le di permiso para ahorcar a toda la banda. Esta pequeña flexibilización de la severidad produjo un buen efecto en la reina. Un estadista gana poco con el ejercicio arbitrario de una autoridad férrea en todas las ocasiones que se presentan, ya que esto hiere el justo orgullo de sus subordinados y tiende así a socavar su fuerza. Una pequeña concesión, de vez en cuando, allí donde no pueda hacer daño, es la política más acertada.

Ahora que la reina volvía a estar tranquila y razonablemente feliz, su vino naturalamente empezó a hacer efecto de nuevo y se le subió un poco a la cabeza. Quiero decir que puso su música en marcha: su lengua de campanita de plata. Dios mío, era una charlatana experta. No me cuadraba sugerir que era bastante tarde, que yo era un hombre cansado y que tenía mucho sueño. Ojalá me hubiera ido a la cama cuando tuve la oportunidad. Ahora tenía que aguantar hasta el final; no había otra manera. Así que ella siguió canturreando y canturreando, en el profundo y fantasmal silencio del castillo dormido, hasta que al cabo de un rato llegó,

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