peregrinos, ahumé a un grupo de ermitaños y los puse en marcha a las dos en punto para que fueran a su encuentro. Y así fue como llegó, con esa clase de séquito. El abad estaba furioso y humillado, sin saber qué hacer, cuando lo saqué a un balcón y le mostré al jefe del Estado haciendo su entrada sin ni un solo monje disponible para darle la bienvenida, ni el menor revuelo, ni un solo tañido de campana festiva que alegrara su espíritu. Él echó un vistazo y luego salió volando a despertar a sus huestes. Al minuto siguiente, las campanas repicaban furiosamente y los diversos edificios vomitaban monjes y monjas que salieron en desbandada hacia la procesión que se acercaba; y con ellos iba aquel mago —también montado en un madero, por orden del abad—; su reputación estaba por los suelos y la mía, otra vez por las nubes. Sí, uno puede mantener vigente su marca en un país así, pero no puede quedarse sentado sin hacer nada; tiene que estar al pie del cañón y pendiente del negocio todo el tiempo.
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XXIV. Un mago rival
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