roca viva, podía asomarse por la rendija de la saetera y ver su propio hogar allá a lo lejos, en el valle; y durante veintidós años lo había observado, con dolor de corazón y añoranza, a través de aquella grieta. Podía ver las luces brillar allí por la noche, y de día podía ver figuras que entraban y salían: su mujer y sus hijos, algunos de ellos, sin duda, aunque no alcanzaba a distinguirlos a esa distancia. Con el paso de los años presenció festividades allí, e intentó alegrarse, y se preguntó si serían bodas o qué podrían ser. Y notó funerales; y se le encogió el corazón. Podía distinguir el ataúd, pero no determinar su tamaño, y por lo tanto no podía saber si se trataba de su esposa o de un hijo. Podía ver cómo se formaba el cortejo, con sacerdortes y deudos, y se alejaba solemnemente, llevándose el secreto consigo. Había dejado atrás a cinco hijos y a una esposa; y en diecinueve años había visto salir cinco funerales, y ninguno de ellos con la humildad pomposa propia de un sirviente. Así que había perdido cinco de sus tesoros; aún debía de quedar uno —uno ahora infinita, inefablemente precioso—, ¿pero cuál? ¿La esposa o un hijo? Esa era la pregunta que lo atormentaba, de noche y de día, dormido y despierto.
Bien, tener un interés de algún tipo, y medio rayo de luz, cuando te encuentras en un calabozo, es un gran apoyo para el cuerpo y conservador del intelecto.
Este hombre todavía estaba en bastante buena condición. Para cuando terminó de contarme su doloroso relato, yo me encontraba en el mismo estado mental en el que tú mismo habrías estado, si posees la curiosidad humana promedio; es decir, estaba tan ardiente como él por averiguar cuál miembro de la familia era el que quedaba.
Así que lo llevé a casa yo mismo; y fue una clase de fiesta sorpresa de lo más asombrosa también—tifones y ciclones de alegría frenética, y cataratas enteras de lágrimas felices; ¡y caramba! descubrimos que la que antes fuera joven matrona encanecía ya hacia el dintel inminente de su