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nydus/A Connecticut Yankee in King Arthur’s CourtPublic
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XI. El yanqui en busca de aventuras

Entonces levantaron el mástil que llamaban lanza, en su cavidad junto a mi pie izquierdo, y lo agarré con la mano; por último, me colgaron el escudo al cuello, y ya estaba del todo completo y listo para zarpar y hacerme a la mar.

Todo el mundo se portó conmigo tan bien como pudo, y una Dama de Honor me dio la copa de partida en persona. Ya no quedaba nada más por hacer, sino que aquella doncella se subiera detrás de mí en la ancas, lo cual hizo, rodeándome más o menos con un brazo para sostenerse.

Y así empezamos, y todos nos dijeron adiós y agitaron sus pañuelos o cascos. Y todos los que encontramos, bajando la colina y a través del pueblo, fueron respetuosos con nosotros, excepto unos harapientos muchachos en las afueras. Dijeron:

«¡Qué tipo tan majo!» Y nos tiró terrones.

En mi experiencia, los muchachos son iguales en todas las épocas. No respetan nada, no les importa nada ni nadie. Le dicen «¡Sube, calvo!» al profeta que transita inofensivo en las brumas de la antigüedad; me insolentan en la sagrada penumbra de la Edad Media; y los había visto actuar del mismo modo durante la administración de Buchanan; lo recuerdo, porque yo estaba allí y colaboré.

El profeta tuvo sus osos y se las arregló con sus muchachos; y yo tenía ganas de bajar y arreglármelas con los míos, pero no habría servido de nada, porque no habría podido volver a subir. Odio un país sin grúa.

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