ceniza; y cuando pronunciaron las terribles palabras, exclamó: «¡Oh, pobre niño, pobre niño, no sabía que era pena de muerte!», y cayó como cae un árbol. Cuando lo levantaron, había perdido la razón; antes de que se pusiera el sol, se había quitado la vida. Un hombre bondadoso; un hombre cuyo corazón era bueno, en el fondo; sumad su asesinato a este que ahora va a perpetrarse aquí; y cargad con ambos donde corresponde: a los gobernantes y a las crueles leyes de Gran Bretaña. Ha llegado la hora, hijo mío; déjame rezar por ti —no por ti, querido y maltratado pobrecito inocente, sino por aquellos que son culpables de tu ruina y de tu muerte, que más lo necesitan—”.
Después de su oración le pusieron la soga alrededor del cuello a la muchacha, y les costó mucho trabajo ajustar el nudo bajo su oreja, porque ella se estuvo devorando al bebé todo el tiempo, besándolo frenéticamente, y arrebatándoselo hacia la cara y el pecho, y bañándolo en lágrimas, y medio gimiendo, medio chillando todo el tiempo, y el bebé arrullando, y riendo, y pateando de alegría por lo que tomaba por retozo y juego.
Ni el verdugo pudo soportarlo, sino que se apartó.
Cuando todo estuvo listo, el sacerdote tiró con suavidad y forcejeó y sacó a la fuerza a la criatura de los brazos de la madre, y se apartó rápidamente fuera de su alcance; pero ella juntó las manos y dio un salto desesperado hacia él, con un grito; pero la cuerda —y el subalguacil— la detuvieron en seco.
Luego cayó de hinojos, tendió las manos y gritó:
“Un beso más; ¡oh, Dios mío, uno más, uno más!, ¡es el moribundo quien lo implora!”