extraordinaria condescendencia mía, que al principio no fueron capaces de creer que hablaba en serio. Mi señora curvó los labios con desdén y se retiró a un lado; dijo, de modo que pudieran oírla, que antes preferiría comer con el resto del ganado—un comentario que avergonzó a aquellos pobres diablos meramente porque se refería a ellos, y no porque los insultara u ofendiera, pues no lo hizo. Y, sin embargo, no eran esclavos, ni bienes muebles. Por un sarcasmo de la ley y de las palabras, eran hombres libres. Siete décimas partes de la población libre del país eran precisamente de su clase y grado: pequeños labradores «independientes», artesanos, etc. ; lo que viene a ser que eran la nación, la Nación verdadera; eran casi todo lo que ella tenía de útil, de digno de salvarse o verdaderamente respetable, y sustraerlos habría equivalido a sustraer la Nación y dejar atrás unos posos, unos desperdicios, bajo la forma de un rey, nobleza y aristocracia, ociosos, improductivos, versados principalmente en el arte de despilfarrar y destruir, y de ninguna clase de utilidad o valor en un mundo racionalmente construido.
Y sin embargo, mediante un ingenioso artificio, esta minoría dorada, en vez de marchar a la cola de la procesión, que es a donde pertenecía, iba a la cabeza, con la frente en alto y las banderas desplegadas, en el otro extremo de esta; se había autoelegido para ser la Nación, y estas innumerables almejas se lo habían permitido durante tanto tiempo que al final habían llegado a aceptarlo como una verdad; y no solo eso, sino a creer que era justo y como debía ser.
Los sacerdotes les habían dicho a sus padres y a ellos mismos que este estado de cosas irónico estaba ordenado por Dios; y así, sin pararse a pensar en lo poco parecido a Dios que sería divertirse con sarcasmos, y especialmente con unos tan pobres y transparentes como este, habían zanjado el asunto ahí y se habían quedado respetuosamente callados.