“Bien así queda la historia, noble señor Jefe. ¡Ahora sabréis que ese mismo duque y sus seis hijos son aquellos a quienes hace pocos días también vencisteis y enviasteis a la corte de Arturo!”
“¡Pero Sandy, no lo dirás en serio!”
“Si no digo la verdad, que sea peor para mí”.
—Vaya, vaya, vaya; ¿quién lo hubiera jamás pensado? Un duque entero y seis duquecitos; anda, Sandy, ha sido una pesca fina. La caballería andante es el más estúpido de los oficios, y además es un trabajo aburrido y duro, pero empiezo a ver que, después de todo, deja dinero si uno tiene suerte. No es que yo me dedicaría a ella como negocio, porque no lo haría. Ningún negocio sano y legítimo puede establecerse sobre una base de especulación. Una racha afortunada en el ramo de la caballería andante... y bien, ¿qué es cuando le quitas las tonterías y vas a parar a los fríos hechos? Es solo un monopolio de cerdos, eso es todo, y no puedes sacar otra cosa de ello. Eres rico, sí, repentinamente rico por cosa de un día, tal vez una semana; luego alguien te acorrala el mercado, y al traste se va tu chiringuito financiero; ¿no es así, Sandy?
“Por doquier que mi mente se desvíe, delatando un lenguaje simple de tal guisa que las palabras parecen venir a trochemoche y a tontas y a locas—”
«De nada sirve andarse por las ramas ni intentar sortear el asunto de ese modo, Sandy, es tal y como digo. Sé que es así. Y, es más, cuando vas a la raíz del problema, la caballería andante es peor que el cerdo; porque pase lo que pase, el cerdo queda, y así de todos modos alguien se beneficia; pero cuando el mercado se viene abajo, en un torbellino de caballería andante, y todos los caballeros del grupo estiran la pata, ¿qué te quedan como bienes? Apenas un montón de basura de cadáveres maltrechos y un barril o dos de ferretería rota. ¿Puedes llamar a eso bienes? Dame cerdo, siempre. ¿Tengo razón?»