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nydus/A Connecticut Yankee in King Arthur’s CourtPublic
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XXII. La fuente sagrada

gusta tanto figurar como a los bomberos; si no, miren a los viejos maestros.

La cámara del pozo estaba penumbrosamente iluminada por lámparas; los monjes extraían el agua con un torno y una cadena, y la vertían en aguamaniles que la conducían a unos depósitos de piedra afuera, en la capilla —cuando había agua que extraer, quiero decir—, y nadie excepto los monjes podía entrar en la cámara del pozo. Yo entré en ella, pues tenía autoridad temporal para hacerlo, por cortesía de mi hermano y subordinado profesional. Pero él no había entrado en ella jamás. Él lo hacía todo mediante sortilegios; jamás ponía a trabajar su intelecto. Si hubiera entrado allí y usado sus ojos, en vez de su mente trastornada, habría podido curar el pozo por medios naturales, y luego transformarlo en un milagro del modo acostumbrado; pero no, era un viejo tonto, un mago que creía en su propia magia; y ningún mago puede prosperar si va lastrado con una superstición semejante.

Se me ocurrió la idea de que el pozo se había agrietado; de que algunas de las piedras de la pared, cerca del fondo, se habían caído y dejado al descubierto grietas por donde se escapaba el agua.

Medí la cadena: 98 pies.

Luego llamé a un par de monjes, eché la llave a la puerta, tomé una vela y les hice bajarme en el balón. Cuando la cadena se hubo desenroscado por completo, la vela confirmó mis sospechas; una sección considerable de la pared había desaparecido, dejando al descubierto una grieta bastante grande.

Casi lamenté que mi teoría sobre el problema del pozo fuera correcta, porque tenía otra que presentaba uno que otro detalle vistoso digno de un milagro. Recordaba que en América, muchos siglos después, cuando un pozo petrolífero dejaba de fluir, solían reventarlo con un torpedo de dinamita.

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