escuderos y tropas de sirvientes. Era una multitud de lo más vistosa y suntuosa en cuanto a indumentaria, y muy característica del país y de la época en lo que se refiere a gran alegría desbordada, inocentes indecencias de lenguaje e indiferencia de corazón alegre hacia la moral. Era luchar o mirar, todo el día y todos los días; y cantar, jugar, bailar, juerguear media noche todas las noches. Se lo pasaban de maravilla. Jamás habíais visto a gente igual. Aquellas gradas de hermosas damas, brillando en sus esplendores bárbaros, veían a un caballero rodar de su caballo en las listas con el asta de una lanza del grosor de un tobillo atravesándole de parte a parte y la sangre brotando, y en vez de desmayarse aplaudían y se apretaban para ver mejor; solo que a veces una se sumergía en su pañuelo y lucía un desamor ostentoso, y entonces podíais apostar dos a uno a que había algún escándalo por ahí y temía que el público no se hubiera enterado.
El ruido por la noche me habría molestado en circunstancias normales, pero no me importó en las circunstancias actuales, porque me impedía oír a los matasanos desprendiendo piernas y brazos de los lisiados del día. Me arruinaron una sierra trozadora vieja excepcionalmente buena y también rompíeron el caballete, pero lo dejé pasar. Y en cuanto a mi hacha, bueno, me propuse que la próxima vez que le prestara un hacha a un cirujano, elegiría el siglo.
No solo vi este torneo día tras día, sino que destaqué a un sacerdote inteligente de mi Departamento de Moral Pública y Agricultura, y le ordené que lo cubriera; pues era mi intención, más adelante, cuando hubiera hecho avanzar a la gente lo suficiente, fundar un periódico. Lo primero que se necesita en un país nuevo es una oficina de patentes; luego hay que desarrollar el sistema escolar y, después de eso, sacar el periódico. Un periódico tiene sus defectos, y muchos además, pero no importa, es el grito desde la tumba para una nación muerta, y