—Sí, majestad, más o menos es eso, me temo, aunque esperaba cosas mejores.
El ruido se acercaba cada vez más, y pronto la furgoneta pasó deslizándose bajo nosotros, a ambos lados del agua. Una voz ordenó detenerse desde la otra orilla y dijo:
“Si tal fuera su deseo, podrían llegar a aquel árbol por esta rama que se extiende por encima, sin tocar siquiera el suelo. Harán bien en enviar a un hombre a lo alto”.
“¡Vaya que sí lo haremos!”
Me vi obligado a admirar mi agudeza al prever exactamente esto y cambiar de árbol para ganarle de mano. Pero, ¿saben qué?, hay ciertas cosas a las que la astucia y la previsión no les pueden ganar. La torpeza y la estupidez, sí.
El mejor espadachín del mundo no necesita temerle al segundo mejor espadachín del mundo; no, la persona a la que debe temerle es algún antagonista ignorante que jamás ha tenido una espada en la mano; él no hace lo que debería hacer, y por lo tanto el experto no está preparado para él; hace lo que no debería hacer; y a menudo eso toma desprevenido al experto y lo liquida en el acto.
Bueno, ¿cómo podría yo, con todos mis dones, hacer alguna preparación valiosa contra un payaso miope, bizco y cabeza de chorlito que se dirigiera al árbol equivocado y le achuntara al correcto? Y eso fue lo que hizo. Fue hacia el árbol equivocado, que por supuesto era el correcto por equivocación, y comenzó a trepar.