Lo consiguió; casi ahoga a la criaturita. Y cuando se lo volvieron a quitar, ella exclamó:
“¡Oh, hijo mío, mi querido, morirá! No tiene hogar, no tiene padre, ni amigo, ni madre—”
—¡Los tiene todos! —dijo aquel buen sacerdote—. Todo eso seré yo para él hasta que muera.
¡Debiste haberle visto la cara entonces! ¿Gratitud? ¡Dios, para qué quieres palabras para expresar eso! Las palabras son solo fuego pintado; una mirada es el fuego mismo. Ella lanzó esa mirada y se la llevó al tesoro del cielo, a donde pertenecen todas las cosas divinas.