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nydus/A Connecticut Yankee in King Arthur’s CourtPublic
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XXII. La fuente sagrada

Por supuesto, lo mejor para todos habría sido que Merlín renunciara a la etiqueta, lo dejara y diera la jornada por terminada, ya que jamás lograría hacer brotar esa agua, pues era un mago de pura cepa de aquella época; lo que equivale a decir que los grandes milagros, los que le habían valido su fama, siempre tenían la suerte de obrarse cuando no había nadie más que Merlín presente; no podía poner en marcha ese pozo con toda aquella multitud alrededor mirando; una multitud era tan nefasta para el milagro de un mago en aquellos tiempos como lo era para el milagro de un espiritista en los míos; nunca faltaba algún escéptico dispuesto a encender la luz en el momento crucial y echarlo todo a perder.

Pero yo no quería que Merlín se retirara del trabajo hasta que estuviera listo para encargarme de él eficazmente por mi cuenta; y no podía hacer eso hasta que trajeran mis cosas desde Camelot, lo cual tardaría dos o tres días.

Mi presencia les dio esperanza a los monjes y los alegró bastante; a tal punto que esa noche se comieron un plato como Dios manda por primera vez en diez días.

Tan pronto como sus estómagos se vieron debidamente reforzados con comida, los ánimos comenzaron a elevarse con rapidez; cuando el hidromiel empezó a correr, se elevaron aún más.

Para cuando todos ya iban entonados, la santa comunidad estaba en buena forma para pasarla de juerga; así que nos quedamos en la mesa y seguimos por esa misma línea.

Las cosas se pusieron muy alegres. Se contaron viejos y buenos cuentos subidos de tono que hacían que las lágrimas corrieran, que las bocas cavernosas se abrieran de par en par y que las panzas redondas se sacudieran de risa; y se vociferaron canciones dudosas en un coro potente que ahogaba el tañido de las campanas.

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