Todos nuestros peregrinos observaron y comentaron la pericia con la que se manejaba el látigo. Estaban demasiado endurecidos por la familiaridad cotidiana y de toda la vida con la esclavitud como para notar que hubiera algo más en aquella exhibición que invitara a comentar. Tal era lo que la esclavitud podía lograr, en cuanto a osificar lo que se puede llamar el lóbulo superior del sentimiento humano, pues estos peregrinos eran personas de buen corazón y no habrían permitido que aquel hombre tratara así a un caballo.
Quería detener todo aquello y poner a los esclavos en libertad, pero eso no habría estado bien. No debía meterme demasiado ni ganarme la fama de pisotear las leyes del país y los derechos de los ciudadanos a la brava. Si vivía y prosperaba, yo sería la muerte de la esclavitud, de eso estaba decidido; pero procuraría arreglarlo de modo que, cuando me convirtiera en su verdugo, fuera por mandato de la nación.
Justo aquí estaba la herrería del camino; y en ese momento llegó un terrateniente que le había comprado esta muchacha a pocas millas de distancia, con entrega en este lugar donde podían quitarle los grilletes. Se los quitaron; luego hubo una disputa entre el caballero y el traficante sobre cuál de los dos debía pagarle al herrero. En el momento en que la muchacha se vio libre de sus hierros, se arrojó, entre lágrimas y sollozos frenéticos, a los brazos del esclavo que había vuelto la cara cuando la azotaron. Él la apretó contra su pecho, cubrió el rostro de ella y el del niño de besos, y los bañó con la lluvia de sus lágrimas. Sospeché. Pregunté. Sí, estaba en lo cierto; eran marido y mujer. Tuvieron que separarlos a la fuerza; a la muchacha tuvieron que llevársela a arrastras, y ella forcejeó, peleó y chilló como alguien enloquecido hasta que una curva del camino la ocultó de la vista; y aun