dispuesto a recibir a cualquier fulano como su prójimo e igual que lleve un corazón recto en el pecho, por muy modesta que sea su condición mundana. > Y como prueba de ello, aquí tenéis mi mano; y digo con mi propia boca que somos iguales—iguales— —y sonrió a todos los presentes con la satisfacción de un dios que está haciendo algo noble y gracioso y es muy consciente de
El rey tomó la mano con una repugnancia mal disimulada y la soltó con tanta buena gana como una dama suelta un pez; todo lo cual produjo un buen efecto, pues se tomó por el pudor natural de quien recibe la visita de la grandeza.
La buena mujer sacó entonces la mesa y la puso debajo del árbol. Causó un visible revuelo de sorpresa, ya que era nueva y un artículo suntuoso de pino. Pero la sorpresa subió aún más de punto cuando la señora, con un cuerpo que exhalaba indiferencia displicente por todos los poros, pero con unos ojos que la delataban por completo al arder de pura vanidad, desdobló lentamente un mantel legítimo en toda regla y lo extendió. Eso superaba incluso las grandezas domésticas del herrero, y lo dejó K. O.; se le notaba. Pero Marco estaba en el paraíso; eso también se le nota-ba. Luego la madre trajo dos taburetes nuevos y finos; ¡uau!, aquello fue una sensación; se advertía en los ojos de todos los invitados. Después trajo otros dos, con la mayor calma que pudo. Nueva sensación, acompañada de murmullos reverentes. De nuevo trajo otros dos; caminaba por los aires, tan orgullosa estaba. Los invitados estaban petrificados, y el albañil murmuró:
“Hay algo en las pompas terrenales que siempre mueve a la reverencia.”
Mientras la dama se apartaba, Marco no pudo evitar ponerle la guinda al pastel mientras el asunto estaba caliente; así que dijo con lo que pretendía ser una languidez serena, aunque era una pobre imitación de esta: