preocupada y llena de malos augurios; ¡pero regresó blanco y jubiloso, y la suerte estaba echada!, ¡otro triunfo anotado!
Fue una buena campaña la que hicimos en aquel Valle de la Santidad, y yo quedé muy satisfecho, y listo para seguir adelante ahora, pero me llevé una desilusión.
Cogí un fuerte catarro, y este avivó un viejo reumatismo que tenía latente. Por supuesto, el reumatismo buscó mi punto más débil y se instaló allí. Este era el sitio donde el abuelo me había rodeado con los brazos y me había estrujado, en aquella ocasión en que le dio por demostrarme su gratitud con un abrazo.
Cuando por fin salí, era una sombra. Pero todos se desvivieron en atenciones y bondades, y esto devolvió la alegría a mi vida, y fue la medicina adecuada para ayudar a un convaleciente a recuperar rápidamente la salud y las fuerzas; así que me recuperé con rapidez.
Sandy estaba agotada de cuidar enfermos; así que tomé la decisión de salir y hacer un crucero a solas, dejándola en el convento para que se recuperara.
Mi idea era disfrazarme de hombre libre de clase campesina y deambular por el país una semana o dos a pie. Esto me daría la oportunidad de comer y hospedarme con la clase más baja y pobre de los ciudadanos libres en pie de igualdad.
No había otra manera de informarme a la perfección de su vida cotidiana y del funcionamiento de las leyes sobre ella. Si iba entre ellos como un caballero, habría restricciones y convencionalismos que me excluirían de sus alegrías y penas privadas, y no pasaría de la cáscara exterior.
Una mañana salí a dar un largo paseo para ganar músculo para mi viaje, y había subido a la cresta que limitaba el extremo norte del valle,