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nydus/A Connecticut Yankee in King Arthur’s CourtPublic
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XLIII. La batalla de la franja de arena

Puse la conexión del arroyo bajo la custodia y la autoridad de tres de mis mejores muchachos, que se alternarían en guardias de dos horas durante toda la noche y obedecerían con prontitud mi señal, si tuviera ocasión de darla⁠: tres disparos de revólver en rápida sucesión. Se suprimió el servicio de centinelas por esa noche, y el corral se dejó sin rastro de vida; ordené que se mantuviera el silencio en la cueva, y que las luces eléctricas se redujeran a un tenue destello.

En cuanto oscureció por completo, corté la corriente de todas las cercas y luego avancé a tientas hacia el terraplén que bordeaba nuestro lado de la gran zanja de dinamita. Me arrastré hasta la cima y me tendí allí sobre la pendiente del lodo para vigilar. Pero estaba demasiado oscuro para ver nada. En cuanto a los sonidos, no había ninguno. La quietud era sepulcral. Es verdad que se escuchaban los sonidos nocturnos habituales del campo —el zumbido de las aves nocturnas, el ronroneo de los insectos, el ladrido de perros lejanos, el apacible mugido de ganado distante—, pero estos no parecían romper la quietud, sino que solo la intensificaban y, de pilón, le añadían una lúgubre melancolía.

Por el momento renuncié a seguir buscando, la noche se cerró tan negra, pero mantuve los oídos alerta para captar el menor sonido sospechoso, pues juzgué que solo tenía que esperar y no me decepcionaría. Sin embargo,tuve que esperar mucho tiempo. Al fin capté lo que se puede llamar destellos imprecisos de sonido: un sonido metálico apagado. Agucé el oído entonces y contuve la respiración, porque esto era el tipo de cosa que había estado esperando. Este sonido se espesó y se acercó, viniendo desde el norte. Al poco tiempo, lo escuché a mi propio nivel: la cima de la cresta del terraplén opuesto, a cien pies o más de distancia. Entonces me pareció ver una hilera de puntos negros que aparecían a lo largo de esa cresta:

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