Pues ante el rey, los nobles y toda la nación, desde los mismísimos esclavos y vagabundos, yo no era más que esa clase de elefante, y nada más.
Fui admirado y también temido; pero era como se admira y teme a un animal. Al animal no se le venera, y a mí tampoco; ni siquiera se me respetaba.
No tenía linaje ni título heredado; así que a los ojos del rey y de los nobles yo era pura basura; la gente me miraba con asombro y temor reverente, pero no había ninguna veneración mezclada con ello; debido a la fuerza de las ideas heredadas, eran incapaces de concebir que algo tuviera derecho a eso salvo el linaje y el señorío.
Ahí veis la mano de ese terrible poder, la Iglesia católica romana. En dos o tres siglos escasos había convertido a una nación de hombres en una nación de gusanos. Antes de los días de la supremacía de la Iglesia en el mundo, los hombres eran hombres, y levantaban la cabeza, y tenían el orgullo, el espíritu y la independencia propios de un hombre; y la grandeza y la posición que uno conseguía, las conseguía principalmente por sus logros, no por su cuna. Pero entonces la Iglesia pasó a ocupar el primer plano, con intereses ocultos; y era sabia, sutil y conocía más de un modo de desollar a un gato —o a una nación—; se inventó el «derecho divino de los reyes», y lo amuralló por todas partes, ladrillo a ladrillo, con las Bienaventuranzas —arrancándolas de su noble propósito para hacer que fortificaran uno malvado—; predicó (al plebeyo) la humildad, la obediencia a los superiores, la belleza del sacrificio propio; predicó (al plebeyo) la mansedumbre ante el insulto; predicó (siempre al plebeyo, siempre al plebeyo) la paciencia, la pequeñez de espíritu, la no resistencia ante la