imaginando el pañuelo, visualizando el pañuelo; y era amargo y exasperante que el sudor salado me goteara constantemente en los ojos y no pudiera hacer nada al respecto. Parece una tontería sobre el papel, pero no era ninguna tontería; era la miseria en su estado más real. No lo diría si no fuera así.
Me propuse llevar un bolso de mano la próxima vez, por muy ridículo que pareciera y digera la gente lo que dijera.
Por supuesto, estos tíos de hierro de la Mesa Redonda habrían pensado que era un escándalo, y tal vez habrían armando la de San Quintín por ello, pero en lo que a mí respecta, primero la comodidad y después el estilo.
Así que fuimos avanzando trotecito a trotecito, y de vez en cuando dábamos con un trecho polvoriento, y aquello se levantaba en nubes y se me metía en la nariz y me hacía estornudar y llorar; y claro que dije cosas que no debía haber dicho, no lo niego. No soy mejor que los demás.
Parecía que no podíamos encontrarnos con nadie en esta solitaria Bretaña, ni siquiera con un ogro; y, tal como andaba de humor entonces, fue una suerte para el ogro; es decir, un ogro con pañuelo.
La mayoría de los caballeros no habrían pensado en otra cosa que en apoderarse de su armadura; pero con tal de conseguir su pañuelo, por mí se podía quedar con sus fierros.
Entre tanto, allí dentro hacía cada vez más calor. Verás, el sol estaba pegando fuerte y calentando el hierro más y más a cada momento. Bueno, cuando uno está caliente de esa manera, cualquier pequeñez lo irrita. * Cuando trotaba, traqueteaba como una caja de platos, y eso me