Las acciones de Merlín cotizaban a la baja. El rey quería suspenderle el sueldo; incluso quería desterrarlo, pero yo intervine.
Dije que sería útil para manejar el tiempo atmosférico y atender menudencias por el estilo, y que yo le echaría una mano de vez en cuando, cuando su pobre y pequeña magia de salón se le agriara. No quedaba ni un jirón de su torre, pero hice que el gobierno se la reconstruyera y le aconsejé que aceptara huéspedes, pero tenía demasiada altivez para eso.
Y en cuanto a ser agradecido, ni siquiera dio las gracias. Era un tipo bastante difícil, se le mire por donde se mire; pero tampoco se podía esperar razonablemente que fuera dulce un hombre que había sufrido un revés semejante.