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nydus/A Connecticut Yankee in King Arthur’s CourtPublic
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XXXIV. El yanqui y el rey vendidos como esclavos

con él se podía pagar con exactitud en la oscuridad, y se podía llevar en la boca; o en el bolsillo del chaleco, si es que se tenía uno. Los hice de varios tamaños: uno tan grande que podía llevar el equivalente a un dólar. Usar perdigones como dinero era algo bueno para el gobierno; el metal no costaba nada y el dinero no se podía falsificar, pues yo era la única persona en el reino que sabía cómo manejar una torre de perdigones. «Pagar el pato» (Paying the shot) pronto llegó a ser una frase común. Sí, y sabía que aún estaría en labios de los hombres, muy entrado el siglo XIX, y sin embargo nadie sospecharía cómo y cuándo se originó.

El rey se nos reunió por entonces, formidablemente despejado por su siesta y de muy buen humor. Cualquier cosa podía ponerme nervioso ya, tan intranquilo estaba —pues nuestras vidas corrían peligro—; así que me preocupó percibir en la mirada del rey un no sé qué de suficiencia que parecía indicar que se había estado preparando para un numerito de alguna especie; ¡maldita sea, por qué iría a elegir un momento como este!

Yo tenía razón. Empezó, sin más rodeos, de la manera más inocentemente artificiosa, transparente y torpe, a encaminarse hacia el tema de la agricultura. El sudor frío me brotó por todo el cuerpo. Quería susurrarle al oído: «¡Hombre, estamos en un peligro terrible! cada momento vale un principado hasta que recuperemos la confianza de estos hombres; no desperdicies nada de este tiempo de oro». Pero, claro, no podía hacerlo. ¿Susurrarle? Parecería que estábamos conspirando. Así que tuve que quedarme sentué ahí sentado con cara de calma y agrado mientras el rey se paraba sobre aquella mina de dinamita y se ponía a parlotear sobre sus malditas cebollas y cosas por el estilo.

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