El Jefe
Estar investido de una autoridad enorme es algo excelente; pero lograr que el mundo observador consienta en ello es algo aún mejor. El episodio de la torre consolidó mi poder y lo hizo inexpugnable.
Si acaso algunos hubieran estado dispuestos a mostrarse celosos y críticos antes de aquello, experimentaron un cambio de parecer ahora. No había nadie en el reino que hubiera considerado de buen juicio entrometerse en mis asuntos.
Me iba acostumbrando con rapidez a mi situación y circunstancias. Durante un tiempo, solía despertarme por las mañanas y sonreír ante mi «sueño», y aguzaba el oído para escuchar el silbato de la fábrica Colt; pero esa clase de cosas se fue esfumando poco a poco y, al fin, fui plenamente capaz de comprender que en realidad vivía en el siglo VI, en la corte del rey Arturo, y no en un manicomio.
Después de eso, me sentía tan a gusto en aquel siglo como podría haberme sentido en cualquier otro; y en cuanto a preferencias, no lo habría cambiado por el vigésimo.
Fijaos en las oportunidades que hay aquí para un hombre con conocimientos, cerebro, valor y empresa para lanzarse de lleno y crecer con el país. El campo más magnífico que jamás haya existido; y todo para mí; ni un solo competidor; ni un solo hombre que no fuera un crío en comparación conmigo en cuanto a instrucción y capacidades; en cambio, ¿qué valdría yo en el siglo XX? Sería capataz en una fábrica, y eso es todo; y podría echar una red barredera por la calle cualquier día y pescar a cien hombres mejores que yo.