registrado y olvidado; pero esta vieja esposa lo sabía; y también su viejo hijo, que estaba allí entre sus hijos e hijas casados intentando asimilar a un padre que había sido para ella un nombre, un pensamiento, una imagen informe, una tradición, durante toda su vida, y que ahora de repente se materializaba en carne y hueso reales y se ponía ante su rostro.
Era una situación curiosa; sin embargo, no es por eso por lo que le he hecho un hueco aquí, sino por algo que me pareció todavía más curioso. A saber, que este asunto espantoso no provocó en este pueblo oprimido ninguna explosión de ira contra sus opresores.
Habían sido herederos y súbditos de la crueldad y la tropelía durante tanto tiempo que nada podría haberlos alterado salvo un acto de bondad.
Sí, he aquí una curiosa revelación, en verdad, de cuán hondo había sido hundido este pueblo en la esclavitud. Todo su ser se había reducido a un monótono y muerto nivel de paciencia, resignación, mudo y resignado[*nota: "uncomplaining" es sin quejas] acatamiento de lo que pudiera depararles esta vida.
Hasta su imaginación había muerto. Cuando se puede decir eso de un hombre, ha tocado fondo, supongo; no hay abismo más profundo para él.
Casi deseaba haber tomado otro camino. Esta no era la clase de experiencia con la que debía tropezar un estadista que estaba planeando una revolución pacífica en su mente. Pues era imposible evitar el inesquivable hecho de que, a pesar de toda la milonga amable y la filosofía en contrario, ningún pueblo del mundo ha conseguido jamás su libertad mediante palabrería beata y persuasión moral: siendo ley inquebrantable que toda revolución destinada a triunfar debe comenzar en sangre, sin importar lo que sirva después. Si la historia enseña algo, enseña eso. Lo que esta gente necesitaba, por tanto, era un Reinado del Terror y una guillotina, y yo era el hombre equivocado para ellos.