un barco de vapor en el Misisipi; y durante los siguientes quince minutos permanecimos bajo una llovizna constante de fragmentos microscópicos de caballeros, quincalla y carne de caballo. Digo permanecimos porque el rey se sumó al público, por supuesto, en cuanto recuperó el aliento. Quedó allí un hoyo que daría trabajo continuo a toda la gente de esa región durante unos cuantos años —me refiero a intentar explicarlo; en cuanto a rellenarlo, ese servicio sería comparativamente rápido y recaería en un grupo selecto de campesinos de aquel señorío, y encima no cobrarían nada por ello.
Pero yo mismo se lo expliqué al rey. Le dije que se había hecho con una bomba de dinamita. Esta información no le causó ningún daño, pues lo dejó tan inteligente como era antes.
Sin embargo, a sus ojos fue un milagro noble, y otro golpe definitivo para Merlín. Creí oportuno explicarle que este era un milagro de una clase tan rara que no se podía realizar a menos que las condiciones atmosféricas fueran las adecuadas. De lo contrario, se pondría a pedir bis cada vez que tuviéramos un buen sujeto, y eso sería un inconveniente, porque no llevaba más bombas encima.