La torre de Merlín
En cuanto ahora yo era el segundo personaje del Reino, en lo que a poder político y autoridad se refería, se me hacían muchos honores. Mis ropas eran de sedas, terciopelos y paño de oro, y por consiguiente muy llamativas, además de incómodas. Pero la costumbre pronto me reconciliaría con mis prendas; de eso estaba consciente. Me dieron el conjunto de aposentos más selectos del castillo, después de los del rey. Estaban resplandecientes con tapices de seda de colores chillones, pero los pisos de piedra no tenían más que juncos como alfombra, y eran unos juncos mal puestos además, pues no eran todos de la misma clase. En cuanto a comodidades, propiamente hablando, no había ninguna. Me refiero a pequeñas comodidades; son las pequeñas comodidades las que hacen el verdadero confort de la vida. Las grandes sillas de roble, adornadas con toscas tallas, estaban bastante bien, pero ahí se acababa todo. No había jabón, ni cerillas, ni espejo —salvo uno de metal, poco más útil que un cubo de agua—. Ni una sola estampa en color. Yo llevaba años acostumbrado a las estampas en color, y vi ahora que, sin sospecharlo, una pasión por el arte se había entretejido en el tejido de mi ser y se había vuelto parte de mí.
Me dio morriña mirar a mi alrededor aquella aridez orgullosa, ostentosa pero desalmada, y recordar que en nuestra casa de East Hartford, por muy modesta que fuera, no había habitación en la que no encontraras una estampa de seguros, o al menos un «Dios-bendiga-nuestro-hogar» a tres colores sobre la puerta; y en el salón teníamos nueve. Pero aquí, incluso en mi gran cámara de estado, no había nada que se pareciera a un cuadro, salvo un trasto del tamaño de una colcha de cama,