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nydus/A Connecticut Yankee in King Arthur’s CourtPublic
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XX. El Castillo del Ogro

El castillo del ogro

Entre las seis y las nueve recorrimos diez millas, lo cual era bastante para un caballo que llevaba triple carga: hombre, mujer y armadura; luego nos detuvimos para un largo descanso al mediodía bajo unos árboles junto a un arroyo límpido.

Bien, pues vino al cabo un caballero cabalgando; y al acercarse, lanzó un gemido doliente, y por las palabras del mismo advertí que iba maldiciendo y jurando; mas, a pesar de todo, me alegré de su llegada, pues vi que portaba un tablón de anuncios en el cual, con letras de oro reluciente, estaba escrito:

“Use el cepillo de dientes profiláctico Peterson⁠—Lo último.”

Me alegró su llegada, pues ya por este detalle lo reconocí como caballero mío. Era sir Madok de la Montaine, un tipo forzudo y grandullón cuya principal distinción consistía en haber estado a un pelo de derribar a sir Launcelot por la grupa de su caballo. Jamás pasaba mucho tiempo ante un desconocido sin hallar algún pretexto para soltar tan gran hecho. Pero había otro hecho casi de la misma magnitud, que nunca imponía a nadie sin que se lo pidiesen, aunque jamás lo ocultaba si se lo preguntaban: a saber, que la razón por la que no lo logró del todo fue que lo interrumpieron y lo mandaron a él mismo por la grupa. Este inocente y grandullón mastuerzo no veía ninguna diferencia particular entre ambos hechos. Me caía bien, pues era diligente en su

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