Pronto pudimos ver las innumerables banderas ondear, y entonces el sol dio de lleno en el mar de armaduras y lo hizo destellar por completo. Sí, era un espectáculo magnífico; nunca había visto nada que lo supere.
Al fin pudimos distinguir los detalles. Todas las primeras filas, no sabría decir cuántas acres de profundidad, eran jinetes: caballeros con armadura y penacho. De pronto oímos el clarín de las trompetas; el paso lento estalló en galope y entonces... bueno, ¡era maravilloso de ver! Esa vasta ola en forma de herradura se precipitó hacia abajo; se acercó a la franja de arena; se me detuvo la respiración; más cerca, más cerca; la franja de césped verde más allá de la faja amarilla se hizo angosta —más angosta aún— se convirtió en una mera cinta frente a los caballos y luego desapareció bajo sus cascos. ¡Cáspita! Pues bien, todo el frente de aquel ejército se disparó hacia el cielo con un trueno estruendoso y se convirtió en una tempestad giratoria de harapos y fragmentos; y a lo largo del suelo quedó un denso muro de humo que ocultaba de nuestra vista lo que quedaba de la muchedumbre.
¡Llegó la hora del segundo paso en el plan de campaña! ¡Toqué un botón y disloqué los huesos de Inglaterra de su columna vertebral!
En aquella explosión saltaron por los aires todas nuestras nobles fábricas de civilización y desaparecieron de la Tierra. Fue una lástima, pero era necesario. No podíamos permitir que el enemigo volviera nuestras propias armas contra nosotros.
Ahora siguió uno de los cuartos de hora más aburridos que jamás había soportado. Esperamos en una soledad silenciosa rodeados por nuestros círculos de alambre y por un círculo de espeso humo en el exterior de estos. No podíamos ver por encima de la muralla de humo, ni podíamos ver a través de ella. Pero al fin este comenzó a disiparse perezosamente, y al cabo de otro cuarto de hora la tierra quedó despejada y nuestra curiosidad pudo satisfacerse. ¡No se veía ni una sola criatura viviente!