con el que se construyó la Mansion House. Una persona que no hubiera tomado el sacramento según el rito anglicano no podía presentarse como candidato a sheriff de Londres. Por lo tanto, los disidentes no eran elegibles; no podían postularse si se lo pedían, ni podían ejercer si resultaban elegidos. Los concejales, que sin duda alguna eran yanquis disfrazados, idearon este ingenioso ardid: aprobaron una ordenanza municipal que imponía una multa de 400 libras a cualquiera que se negara a ser candidato a sheriff, y una multa de 600 libras a toda persona que, tras haber sido elegida sheriff, se negara a ejercer. Luego se pusieron manos a la obra y eligieron a un montón de disidentes, uno tras otro, y siguieron así hasta recaudar 15.000 libras en multas; y ahí sigue en pie la imponente Mansion House hasta el día de hoy, para recordarle al ciudadano sonrojado una época ya pasada y añorada en la que una banda de yanquis se coló en Londres y jugó a clase de cosas que le han valido a su raza una reputación única y turbia entre todos los pueblos verdaderamente buenos y santos que hay sobre la Tierra.
El caso de la muchacha me pareció sólido; el del obispo era igual de sólido. No veía cómo iba a salir el rey de este atolladero. Pero salió. Adjunto su decisión:
“En verdad hallo poca dificultad aquí, siendo el asunto, por su simpleza, cosa de niños. Si la joven novia hubiera dado aviso, como por deber estaba obligada, a su señor feudal, legítimo amo y protector, el obispo, no habría sufrido pérdida alguna, pues dicho obispo habría podido obtener una dispensa que lo hiciera apto, por conveniencia temporal, para el ejercicio de su citado derecho, y así habría conservado ella cuanto tenía.