tiempo, cuya misión era socavar la caballería mediante grados imperceptibles, roer un poco aquí, allá y más allá en esta u otra superstición, y preparar así el terreno gradualmente para un orden de cosas mejor. Estaba encendiendo mi luz de una bujía a la vez, y tenía la intención de seguir haciéndolo.
Había repartido secretamente algunas sucursales de la escuela por todo el reino, y marchaban muy bien. Tenía la intención de explotar este negocio cada vez más, a medida que pasara el tiempo, si nada llegaba a asustarme. Uno de mis secretos más profundos era mi West Point: mi academia militar. La mantenía muy celosamente oculta; y hacía lo mismo con mi academia naval que había establecido en un puerto de mar remoto. Ambas prosperaban a mi entera satisfacción.
Clarence tenía veintidós años ya, y era mi principal ejecutivo, mi mano derecha. Era un encanto; servía para todo; no había nada a lo que no le metiera mano.
Últimamente lo había estado entrenando para el periodismo, pues el momento parecía propicio para iniciar una andadura en el ramo de los periódicos; nada pretencioso, sino un pequeño semanario de circulación experimental en mis viveros de civilización. Se adaptó como pez en el agua; había un redactor escondido en él, sin duda.
Ya se había desdoblado en cierto modo; hablaba como en el siglo sexto y escribía como en el decimonoveno. Su estilo periodístico iba ascendiendo de manera constante; ya estaba a la altura de los asentamientos remotos de Alabama, y no se podía distinguir de los editoriales de aquella región ni por el contenido ni por el sabor.
Tuvimos otra gran salida entre manos, también. Se trataba de un telégrafo y un teléfono; nuestra primera incursión en este terreno. Estos cables eran solo para uso privado, por el momento, y debían mantenerse en secreto hasta que llegara un día más maduro.