¡Qué salto había dado! No podía dejar de pensar en ello y de contemplarlo, tal como hace uno con quien ha dado con un filón de petróleo.
No había nada en mi pasado que pudiera compararse, a no ser quizás el caso de José; y el de José solo se le acercaba, no llegaba a igualarlo del todo. Pues es lógico suponer que, como las espléndidas genialidades financieras de José no beneficiaron a nadie más que al rey, el público en general debió de mirarlo con bastante desaprobación, mientras que yo le había hecho un favor a todo mi público al perdonar el sol, y por ello era popular.
No era yo la sombra de un rey; era la sustancia; el rey en persona era la sombra. Mi poder era colosal; y no era un mero nombre, como tales cosas suelen serlo por lo general, sino el artículo auténtico. Me encontraba aquí, en el mismo manantial y origen del segundo gran período de la historia del mundo; y podía ver el hilo de agua de esa historia acumularse, profundizarse, ensancharse y hacer rodar sus poderosas mareas a lo largo de los lejanos siglos; y podía advertir el surgimiento de aventureros como yo al amparo de su larga serie de tronos: * De Montforts, Gavestons, Mortimers, Villierses; * las rameras belicosas y directoras de campañas de Francia, y las furcias empuñadoras de cetros de Carlos Segundo; pero en ninguna parte de la procesión se vislumbraba a alguien de mi talla. Yo era un ejemplar único; y me alegraba saber que ese hecho no podía ser desplazado ni disputado durante trece siglos y medio, con toda seguridad. Sí, en cuanto a poder, yo era igual al rey. Al mismo tiempo había otro poder que era un ápice más fuerte que los dos juntos. Ese poder