montones de milrayos, montones de milésimas, montones de céntimos, unos cuantos nickels y algo de plata; todo esto entre los artesanos y la plebe en general; sí, y hasta algo de oro, pero eso fue en el banco, es decir, en la casa del orfebre.
Me pasé por allí mientras Marco, el hijo de Marco, regateaba con un tendero por un cuarto de libra de sal, y pedí cambio para una moneda de oro de veinte dólares. Me lo dieron —eso sí, después de haber mordido la moneda, de haberla hecho sonar en el mostrador, de haberle probado ácido, y de preguntarme de dónde la había sacado, quién era, de dónde venía, a dónde iba, cuándo esperaba llegar y tal vez un par de cientos de preguntas más; y cuando se quedaron sin argumentos, seguí adelante y les proporcioné un montón de información voluntariamente; les conté que tenía un perro, que se llamaba Watch, que mi primera esposa era bautista de libre albedrío, que su abuelo era prohibicionista, y que yo solía conocer a un hombre que tenía dos pulgares en