Sí, nos vendieron en subasta, como a puercos. En una gran ciudad y con un mercado activo habríamos alcanzado un buen precio; pero este lugar estaba completamente estancado y así fue como nos vendieron por una cantidad que me avergüenza cada vez que pienso en ello.
El rey de Inglaterra costó siete dólares, y su primer ministro nueve; cuando el rey valía fácilmente doce dólares y yo con la misma facilidad quince. Pero así son siempre las cosas; si fuerzas una venta en un mercado flojo, no me importa de qué propiedad se trate, vas a hacer un mal negocio, y ya te puedes ir haciendo a la idea.
Si el conde hubiera tenido la inteligencia suficiente para—
Sin embargo, no hay motivo para que despierte mis simpatías por su cuenta. Que se vaya, por el momento; le tomé la matrícula, por decirlo así.
El negrero nos compró a ambos, nos enganchó a su larga cadena y pasamos a constituir la retaguardia de su comitiva.
Emprendimos la marcha y salimos de Cambenet al mediodía; y se me antoja inconcebiblemente extraño y absurdo que el rey de Inglaterra y su primer ministro, marchando encadenados, grillados y yugados en una caravana de esclavos, pudieran pasar junto a toda clase de hombres y mujeres ociosos, y bajo ventanas donde se sentaban las dulces y hermosas, sin atraer jamás una mirada curiosa, sin provocar un solo comentario.
Caramba, caramba, esto no hace más que demostrar que, después de todo, un rey no tiene nada de más divino que un vagabundo. No es más que una artificiosidad barata y hueca cuando uno no sabe que es un rey. Pero revela su condición y, madre mía, te quita hasta el aliento mirarle.
Supongo que todos somos unos insensatos. Nacidos así, sin duda.