en la respiración medio suspendida. Así que ahora le di el toque culminante:
“Si no te equivocas —si me dices la verdad de lo que quiero saber— te daré doscientos peniques de plata”.
“¡La fortuna es mía! Te diré lo que deseas saber”.
—Entonces dime qué estoy haciendo con mi mano derecha.
—¡Ah-h! —se oyó una exclamación general de sorpresa. A nadie en la multitud se le había ocurrido ese sencillo truco de preguntar por alguien que no estuviera a diez mil millas de distancia. El mago recibió un duro golpe; era una emergencia que jamás se había dado en su experiencia y lo dejó mudo; no sabía cómo hacerle frente. Parecía aturdido, confuso; no podía decir una sola palabra. —Vamos —dije—, ¿a qué esperas? ¿Es posible que seas capaz de responder al instante y decir lo que está haciendo cualquier persona al otro lado de la Tierra, y sin embargo no puedas decir lo que hace alguien que no está a tres yardas de ti? Las personas que están detrás de mí saben lo que estoy haciendo con mi mano derecha; te respaldarán si lo dices correctamente. Él seguía mudo. —Muy bien, te diré por qué no hablas y lo dices; es porque no lo sabes. ¡Tú, mago! Buenos amigos, este vagabundo es un simple fraude y un mentiroso.
Esto afligió a los monjes y los aterrorizó. No estaban acostumbrados a oír que se insultara a esos seres espantosos, y no sabían cuáles podrían ser las consecuencias.
Ahora reinaba un silencio sepulcral; los augurios supersticiosos rondaban en todas las mentes. El mago empezó a recobrar el juicio, y cuando al punto esbozó una sonrisa relajada y despreocupada, se esparció un gran alivio a su alrededor; pues indicaba que su humor no era destructivo. Él dijo: