¿Invasión? La invasión es una nadería al lado de esto. ¡Era el
No hice preguntas; no necesitaba hacer ninguna. La Iglesia había golpeado; lo que me tocaba hacer era disfrazarme y avanzar con cautela. Uno de mis criados me dio un traje y, cuando estuvimos a salvo más allá del pueblo, me lo puse; a partir de ese momento viajé solo; no podía arriesgarme a la complicación de ir acompañado.
Un viaje miserable.
Un silencio desolado por todas partes. Incluso en el propio Londres.
- El tráfico había cesado;
- los hombres no hablaban ni reían, ni iban en grupos, ni siquiera en parejas;
- se movían sin rumbo fijo, cada uno por su cuenta, con la cabeza baja y la aflicción y el terror en el corazón.
La Torre mostraba cicatrices de una guerra reciente. En verdad, habían estado ocurriendo muchas cosas.
Por supuesto, mi intención era tomar el tren a Camelot. ¡El tren! Pues bien, la estación estaba tan desierta como una caverna. Seguí adelante. El viaje a Camelot fue una repetición de lo que ya había visto. El lunes y el martes no se diferenciaban en nada del domingo. Llegué bien entrada la noche. De ser la ciudad mejor iluminada por luz eléctrica del reino y la que más se parecía a un sol yacente de cuantas hayas visto en tu vida, se había convertido simplemente en una mancha—una mancha sobre la oscuridad—, es decir, era más oscura y maciza que el resto de la oscuridad, por lo que se podía distinguir un poco mejor; me hizo sentir como si tal vez fuera algo simbólico—una especie de señal de que la Iglesia iba a llevar las de ganar ahora, y a apagar toda mi hermosa civilización así como así.