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nydus/A Connecticut Yankee in King Arthur’s CourtPublic
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XLI. El entredicho

¿Invasión? La invasión es una nadería al lado de esto. ¡Era el

No hice preguntas; no necesitaba hacer ninguna. La Iglesia había golpeado; lo que me tocaba hacer era disfrazarme y avanzar con cautela. Uno de mis criados me dio un traje y, cuando estuvimos a salvo más allá del pueblo, me lo puse; a partir de ese momento viajé solo; no podía arriesgarme a la complicación de ir acompañado.

Un viaje miserable.

Un silencio desolado por todas partes. Incluso en el propio Londres.

  • El tráfico había cesado;
  • los hombres no hablaban ni reían, ni iban en grupos, ni siquiera en parejas;
  • se movían sin rumbo fijo, cada uno por su cuenta, con la cabeza baja y la aflicción y el terror en el corazón.

La Torre mostraba cicatrices de una guerra reciente. En verdad, habían estado ocurriendo muchas cosas.

Por supuesto, mi intención era tomar el tren a Camelot. ¡El tren! Pues bien, la estación estaba tan desierta como una caverna. Seguí adelante. El viaje a Camelot fue una repetición de lo que ya había visto. El lunes y el martes no se diferenciaban en nada del domingo. Llegué bien entrada la noche. De ser la ciudad mejor iluminada por luz eléctrica del reino y la que más se parecía a un sol yacente de cuantas hayas visto en tu vida, se había convertido simplemente en una mancha⁠—una mancha sobre la oscuridad⁠—, es decir, era más oscura y maciza que el resto de la oscuridad, por lo que se podía distinguir un poco mejor; me hizo sentir como si tal vez fuera algo simbólico⁠—una especie de señal de que la Iglesia iba a llevar las de ganar ahora, y a apagar toda mi hermosa civilización así como así.

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