“Lleváoslo de aquí y dadle unos cuantos azotes para enseñarle cómo debe tratar al criado de un noble de otra manera la próxima vez.
Entonces el tribunal me pidió perdón y confió en que no dejaría de decirle a su señoría que de ninguna manera había sido culpa del tribunal que semejante atropello hubiera sucedido.
Dije que lo arreglaría todo y así me despedí. Y me despedí justo a tiempo, también; estaba empezando a preguntarme por qué no había sacado a relucir estos hechos en el momento en que me arrestaron.
Dije que lo habría hecho de habérseme ocurrido —lo cual era verdad—, pero que estaba tan machacado por aquel hombre que me había dejado sin sentido —y así y todo—, y logré alejarme, aún farfullando.
No esperé a desayunar. No perdí ni un segundo. Pronto estuve en el barrio de los esclavos. ¡Vacío—todo el mundo se había ido! Es decir, todo el mundo excepto un cuerpo—el del amo de esclavos. Yacía allí hecho papilla a golpes; y por todas partes había indicios de una pelea terrible. Había un ataúd de tablas burdas sobre un carro en la puerta, y unos obreros, ayudados por la policía, se abrían paso entre la multitud boquiabierta para poder meterlo.
Elegí a un hombre lo suficientemente humilde en vida como para dignarse a hablar con alguien tan desaliñado como yo, y obtuve su versión del asunto.
“Había dieciséis esclavos aquí. Se alzaron contra su amo en la noche, y ya ves cómo terminó”.
“Sí. ¿Cómo empezó?”
“No hubo más testigo que los esclavos. Dijeron que el esclavo de más valor se libró de sus ataduras y escapó de algún modo extraño —se creía