Francisco de Salcedo, el pulido, y Gonzalo Dominguez, y Lares, y otros muchos de á caballo, y soldados de los que pasaron adelante ántes que desamparasen la puente, segun y de la manera que dicho tengo; é ya que llegábamos cerca oiamos voces que daba Cristóbal de Olí y Gonzalo de Sandoval y Francisco de Morla, y decian á Cortés, que iba adelante de todos:
—«Aguardad, señor capitan; que dicen estos soldados que vamos huyendo, y los dejamos morir en las puentes y calzadas á todos los que quedan atrás; tornémoslos á amparar y recoger; porque vienen algunos soldados muy heridos y dicen que los demás quedan todos muertos, y no salen ni vienen ningunos.»
Y la respuesta que dió Cortés, que los que habiamos salido de las calzadas era milagro; que si á las puentes volviesen, pocos escaparian con las vidas, ellos y los caballos: y todavía volvió el mismo Cortés y Cristóbal de Olí, y Alonso de Ávila y Gonzalo de Sandoval, y Francisco de Morla y Gonzalo Dominguez, con otros seis ó siete de á caballo, y algunos soldados que no estaban heridos; mas no fuera mucho trecho, porque luego encontraron con Pedro de Albarado bien herido, con una lanza en la mano, á pié, que la yegua alazana ya se la habian muerto, y traia consigo siete soldados, los tres de los nuestros y los cuatro de Narvaez, tambien muy heridos, y ocho tlascaltecas, todos corriendo sangre de muchas heridas; entre tanto volvió Cortés por la calzada con los capitanes y soldados que dicho tengo, reparamos en los patios junto á Tacuba, y ya habian venido de Méjico, como está cerca, dando voces, y á dar mandado á Tacuba y á Escapuzalco y á Teneyuca para que nos saliesen al encuentro.
Por manera que nos comenzaron á tirar vara y piedra y flecha, y con sus lanzas grandes, engastonadas en ellas de nuestras espadas que nos tomaron en este desbarate; y haciamos algunas arremetidas, en que nos defendiamos dellos y les ofendiamos.