que nos seguian, y mataban muchos de nosotros.
Dejémoslo ya de traer tanto á la memoria, y digamos cómo nos defendiamos en aquel cu y fortaleza, nos albergamos, y se curaron los heridos, y con muchas lumbres que hicimos.
Pues de comer no lo habia, y en aquel cu y adoratorio, despues de ganada la gran ciudad de Méjico, hicimos una iglesia, que se dice Nuestra Señora de los Remedios, muy devota, é van ahora allí en romería y á tener novenas muchos vecinos y señoras de Méjico.
Dejemos esto, y volvamos á decir qué lástima era de ver curar y apretar con algunos paños de mantas nuestras heridas; y como se habian resfriado y estaban hinchadas, dolian.
Pues más de llorar fué los caballos y esforzados soldados que faltaban; ¿qué es de Juan Velazquez de Leon, Francisco de Salcedo y Francisco de Morla, y un Lares el buen jinete, y otros muchos de los nuestros de Cortés? ¿Para qué cuento yo estos pocos? Porque para escribir los nombres de los muchos que de los nuestros faltaron, es no acabar tan presto.