—«Parece que todos estos mejicanos se ponen en fortalezas y hacen burla de nosotros de que no les acometemos.»
Y esto dijo por los que dejábamos atrás en las sierrezuelas; y luego mandó á unos de á caballo y á ciertos ballesteros que diesen una vuelta á una parte del peñol, y que mirasen si habia otra subida más conveniente de buena entrada para les poder combatir; y fueron, y dijeron que lo mejor de todo era donde estábamos, porque en todo lo demás no habia subida ninguna, que era toda peña tajada, y luego Cortés mandó que les fuésemos entrando y subiendo.
El alférez Cristóbal del Corral delante, y otras banderas, y todos nosotros siguiéndolas, y Cortés con los de á caballo aguardando en lo llano por guarda de otros escuadrones de mejicanos, no viniesen á dar en nuestro fardaje ó en nosotros entre tanto que combatiamos aquella fuerza; y como comenzamos á subir por el peñol arriba, echan los indios guerreros que en él estaban tantas piedras muy grandes y peñascos, que fué cosa espantosa, como se venian despeñando y saltando, cómo no nos mataron á todos; y fué cosa inconsiderada y no de cuerdo capitan mandarnos subir; y luego á mis piés murió un soldado que se decia Fulano Martinez, valenciano, que habia sido maestresala de un señor de salva en Castilla, y este llevaba una celada, y no dijo ni habló palabra; y todavía subiamos, y como venian las galgas rodando y despeñándose y dando saltos (que ansí llamábamos á las grandes piedras que venian despeñadas), luego mataron á otros dos soldados, que se decian Gaspar Sanchez, sobrino del tesorero de Cuba, y á un Fulano Bravo; y todavía subiamos, y luego mataron á otro soldado muy esforzado que se decia Alonso Rodriguez, y á otros dos descalabrados, y en las piernas golpes todos los más de nosotros, y todavía porfiar é ir adelante; é yo, como en aquel tiempo era suelto, no dejaba de seguir al alférez Corral; é íbamos debajo de unas como socarreñas é