Miren los curiosos lectores que esto leyeren, qué lástima terniamos dellos; y deciamos entre nosotros: «¡Oh gracias á Dios, que no me llevaron á mí hoy á sacrificar!» Y tambien tengan atencion que no estábamos léjos dellos y no les podiamos remediar, y ántes rogábamos á Dios que fuese servido de nos guardar de tan cruelísima muerte.
Pues en aquel instante que hacian aquel sacrificio, vinieron sobre nosotros grandes escuadrones de guerreros, y nos daban por todas partes bien que hacer, que ni nos podiamos valer de una manera ni de otra contra ellos, y nos decian:
—«Mirad que desta manera habeis de morir todos, que nuestros dioses nos lo han prometido muchas veces.»
Pues las palabras de amenazas que decian á nuestros amigos los tlascaltecas eran tan lastimosas y malas, que los hacian desmayar, y les echaban piernas de indios asadas y brazos de nuestros soldados y les decian:
—«Comé de las carnes de estos teules y de vuestros hermanos, que ya bien hartos estamos dellos, y deso que nos sobra bien os podeis hartar; y mirad que las casas que habeis derrocado, que os hemos de traer para que las torneis