Pues de los de Narvaez, todos los más en las puentes quedaron cargados de oro.
Digamos ahora, ¿qué es de muchos tlascaltecas que iban cargados de barras de oro, y otros que nos ayudaban? Pues al astrólogo Botello no le aprovechó su astrología, que tambien allí murió.
Volvamos á decir cómo quedaron muertos, así los hijos de Montezuma como los prisioneros que traiamos, y el Cacamatzin y otros reyezuelos.
Dejemos ya de contar tantos trabajos, y digamos cómo estábamos pensando en lo que por delante teniamos, y era que todos estábamos heridos, y no escaparon sino veinte y tres caballos.
Pues los tiros y artillería y pólvora no sacamos ninguna; las ballestas fueron pocas, y esas se remediaron luego, é hicimos saetas.
Pues lo peor de todo era que no sabiamos la voluntad que habiamos de hallar en nuestros amigos los de Tlascala.
Y demás desto, aquella noche, siempre cercados de mejicanos, y grita y vara y flecha, con hondas sobre nosotros, acordamos de nos salir de allí á media noche, y con los tlascaltecas, nuestros guias, por delante con muy gran concierto; llevábamos los muy heridos en el camino en medio, y los cojos con bordones, y algunos que no podian andar y estaban muy malos á ancas de caballos de los que iban cojos, que no eran para batallar, y los de á caballo sanos delante, y á un lado y á otro repartidos; y por este arte todos nosotros los que más sanos estábamos haciendo rostro y cara á los mejicanos, y los tlascaltecas que estaban heridos iban dentro en el cuerpo de nuestro escuadron, y los demás que estaban sanos hacian cara juntamente con nosotros; porque los mejicanos nos iban siempre picando con grandes voces y gritos y silbos, diciendo: