—«Mira, señor Cortés, no vayas allá; que juro á tal que está Narvaez esperándoos en el campo con todo su ejército.»
Y Cortés le dió en guarda á su secretario Pedro Hernandez; y como vimos que el Hurtado fué á dar mandado, no nos detuvimos cosa, sino que el Hurtado iba dando voces y mandando dar al arma, y el Narvaez llamando sus capitanes, y nosotros calando nuestras picas y cerrando con su artillería, todo fué uno, que no tuvieron tiempo sus artilleros de poner fuego sino á cuatro tiros, y las pelotas algunas dellas pasaron por alto, é una dellas mató á tres de nuestros compañeros.
Pues en este instante llegaron todos nuestros capitanes, tocando al arma nuestro pífaro y atambor; y como habia muchos de los de Narvaez á caballo, detuviéronse un poco con ellos, porque luego derrocaron seis ó siete dellos.
Pues nosotros los que tomamos el artillería no osábamos desampararla, porque el Narvaez desde su aposento nos tiraba saetas y escopetas; y en aquel instante llegó el capitan Sandoval y sube de presto las gradas arriba, y por mucha resistencia que le ponia el Narvaez y le tiraban saetas y escopetas y con partesanas y lanzas, todavía las subió él y sus soldados; y luego como vimos los soldados que ganamos el artillería que no habia quien nos la defendiese, se la dimos á nuestros artilleros por mí nombrados, y fuimos muchos de nosotros y el capitan Pizarro á ayudar al Sandoval, que les hacian los de Narvaez venir seis ó siete gradas abajo retrayéndose, y con nuestra llegada tornó á las subir, y estuvimos buen rato peleando con nuestras picas, que eran grandes; y cuando no me cato oimos voces del Narvaez, que decia:
—«Santa María, váleme; que muerto me han y quebrado un ojo;»
Y cuando aquello oimos, luego dimos voces: