Pues cuando lo supieron en la cabecera de Tlascala, luego vino Masse-Escaci y principales, y todos los más sus vecinos, y Xicotenga el viejo, y Chichimeclatecle y los de Guaxocingo; y como llegaron á aquel pueblo donde estábamos, fueron á abrazar á Cortés y á todos nuestros capitanes y soldados; y llorando algunos dellos, especial el Masse-Escaci y Xicotenga, y Chichimeclatecle y Tecapenaca, dijeron á Cortés:
—«¡Oh Malinche, Malinche, y cómo nos pesa de vuestro mal y de todos vuestros hermanos, y de los muchos de los nuestros que con vosotros han muerto! Ya os lo habiamos dicho muchas veces, que no os fiásedes de gente mejicana, porque de un dia á otro os habian de dar guerra; no me quisistes creer: ya es hecho, al presente no se puede hacer más de curaros y daros de comer; en vuestras casas estais, descansad, é iremos luego á nuestro pueblo y os aposentaremos; y no pienses, Malinche, que habeis hecho poco en escapar con las vidas de aquella tan fuerte ciudad y sus puentes; é yo digo que si de ántes os teniamos por muy esforzados, ahora os tenemos en mucho más.
»Bien sé que lloran muchas mujeres é indios destos nuestros pueblos las muertes de sus hijos y maridos y hermanos y parientes; no te congojes por ello, y mucho debes á tus dioses, que te han aportado aquí, y salido de entre tanta multitud de guerreros que os aguardaban en lo de Obtumba, que cuatro dias habia que lo supe que os esperaban para os matar. Yo queria ir en vuestra busca con treinta mil guerreros de los nuestros, y no pude salir, á causa que no estábamos juntos y los andaba juntando.»
Cortés y todos nuestros capitanes y soldados los abrazamos, y les dijimos que se lo teniamos en merced, y Cortés les dió á todos los principales joyas de oro y piedras que todavía se escaparon, cada cual soldado lo que pudo; y asimesmo dimos algunos de nosotros á nuestros conocidos de lo que teniamos.